Tengo que empezar reconociendo algo: yo no soy mucho de viajar. Y si hay aeropuertos de por medio, todavía menos.
Pero también tengo que reconocer que soy un privilegiado cuando viajo con Aurelia, porque todo resulta mucho más fácil. Ella organiza, prepara, comprueba y se encarga de que las cosas salgan bien. Yo, en cambio, en cuanto entro en un aeropuerto, activo el «modo avión». El mío, no el del teléfono. Me limito a seguir sus instrucciones y a dejarme llevar.
A veces intento ser más proactivo, participar en las decisiones o estar un poco más pendiente de todo, pero al final termino rindiéndome a su capacidad para organizarlo. Reconozco que quizá me he acostumbrado demasiado a viajar así.
Lo curioso es que, gracias a ella, he conocido lugares en los que nunca habría imaginado estar. He viajado a tres continentes diferentes, he visitado ciudades que antes solo conocía por las películas y me ha pasado algo que todavía me hace mucha ilusión: estar viendo la televisión, reconocer un lugar y decir, con cierto orgullo, «¡Mira, ahí he estado yo!».
Recuerdo, por ejemplo, estar sentados a los pies de la Torre Eiffel, bañarnos en el lago de Garda o pasear por Nueva York, que para mí fue como recorrer un inmenso plató de cine.
Aunque también tengo que decir que me gustan mucho nuestras escapadas cerca de casa. Tenemos la suerte de vivir en un lugar que nos permite desconectar sin necesidad de recorrer grandes distancias. A veces basta con salir un rato, comer en algún sitio que nos gusta y volver a casa. No todo tiene que ser un gran viaje para convertirse en un buen recuerdo.
Pero si tuviera que elegir tres experiencias que me ha regalado viajar con Aurelia, me quedaría con un lugar, un encuentro y algo que guardar.
Un lugar: Grand Central Terminal
A mí me gustan mucho las películas de Marvel. Así que os podéis imaginar lo que supuso para mí pasear por Nueva York y reconocer tantos escenarios que había visto en la pantalla.
Pero hubo un lugar que me hizo especial ilusión: Grand Central Terminal.
Si habéis visto la primera película de Los Vengadores, de 2012, seguramente recordaréis la gran batalla que tiene lugar en los alrededores de esta estación. Hay una escena que siempre me ha hecho gracia: Hulk y Thor acaban de derribar juntos una enorme nave alienígena y, de repente, Hulk le suelta un puñetazo a Thor y lo manda volando.
Estar allí, reconocer aquel escenario y recordar esas escenas me hizo sentir como un niño.
Sé que Nueva York tiene muchísimas cosas que admirar, pero cada uno tiene sus debilidades. Y la mía, en aquel momento, tenía bastante que ver con los superhéroes.
Un encuentro: Leo Messi
Después de Aurelia, hay otra persona viva a la que admiro profundamente: Leo Messi.
Mi afición viene de lejos. Cuando era pequeño soñaba con tener una camiseta del Barça y, el día de mi comunión, me regalaron la equipación completa. Lo curioso es que durante mucho tiempo no tenía claro qué nombre o qué número quería llevar en la espalda.
Hasta que empecé a ver jugar a Messi.
Le he visto hacer cosas con un balón que no le he visto hacer a nadie más. Y desde entonces lo tuve claro: mi camiseta llevaría siempre el 10 de Messi.
Pues bien, viajar con Aurelia también me llevó hasta Miami, donde tenía la ilusión de verlo jugar en directo. Después de tantos años viviendo en España, y de haber tenido a Messi jugando en Barcelona, resulta que tenía que cruzar el Atlántico para intentar verlo. Pero las cosas se dieron así.
El problema llegó cuando, a pocas horas de embarcar hacia Miami, Messi se lesionó en la final de la Copa América. Os podéis imaginar mi cara. El viaje estaba preparado y el peor escenario posible acababa de hacerse realidad.
No pude verlo jugar, pero ocurrió algo que todavía me cuesta creer: conseguí estar muy, muy cerca de él. A una puerta de coche de distancia. Bueno, y a una valla que había por medio.
No fue exactamente el encuentro que había imaginado, pero fue un momento muy especial para mí.
Esa historia merece que os la cuente con más calma en otra ocasión, porque tiene bastante más detrás.
Algo que guardar: Tánger
No todos nuestros viajes han tenido que ver con conocer ciudades o cumplir pequeñas ilusiones personales.
En una ocasión viajamos a Tánger, en Marruecos, para que yo pudiera terminar mi Trabajo de Fin de Máster. Aprovechamos aquel viaje para vivir una experiencia de voluntariado que todavía recuerdo con muchísimo cariño.
Conocimos de cerca la labor de los Hermanos de la Cruz Blanca, que atienden a personas con discapacidad intelectual, y de las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta, que trabajan con niños y niñas en situación de calle.
Nos encontramos con realidades muy duras, pero también con personas que dedican su vida a cuidar de los demás. Personas por las que siento una admiración y un respeto enormes.
Aquella experiencia me permitió comprender de una manera mucho más profunda lo gratificante que puede ser dedicar tu tiempo a otros sin esperar nada a cambio.
De todos los recuerdos que me he traído de nuestros viajes, este ocupa un lugar muy especial. Porque hay experiencias que uno no guarda en una fotografía ni en un recuerdo comprado durante el viaje, sino que se quedan dentro para siempre.
Y esta es una de ellas.
Y al final, lo mejor es compartirlo
Si os fijáis, las tres experiencias que he elegido no tienen demasiado que ver entre sí. Una estación de tren que me recuerda a mis películas favoritas, un encuentro inesperado con mi ídolo del fútbol y unos días de voluntariado en Marruecos.
Pero todas tienen algo en común: probablemente no las habría vivido si no hubiera sido por Aurelia.
Ella disfruta imaginando viajes, buscando lugares, descubriendo cosas y preparando experiencias. Yo no tengo esa misma necesidad de viajar, pero disfruto muchísimo de todo lo que acabamos viviendo juntos.
Y, aunque suelo bromear con que viajar con ella es tan fácil como dejarse llevar, sé que detrás de esa facilidad hay muchas horas de organización, decisiones y detalles que alguien ha tenido que pensar.
Así que no sé si algún día llegaré a ser un gran viajero. Lo que sí sé es que todavía me quedan muchas cosas que me gustaría vivir a su lado.
Eso sí, no prometo abandonar mi particular «modo avión» cuando entremos en el próximo aeropuerto.
El que viaja en el asiento de al lado de Aurelia

