Si me lo hubieras preguntado aquella noche, helada, sentada con mi hermanita en un escalón a la entrada de un hotel, seguramente te habría dicho que sí. ¡El peor!
Pero bueno, aquí te va esta historia… y ya me dirás tú si se merece ese título o no.
Imagínate la siguiente situación: de noche, con frío, después de caminar desde un aeropuerto en el que habíamos perdido nuestro vuelo. Teníamos una habitación reservada, pero el código de la puerta no funcionaba. No había recepción ni nadie a quien preguntar (sí, era de esos hoteles medio hippies), nos quedaba poquísimo dinero y la única tarjeta que llevábamos funcionaba cuando le daba la gana.
Habíamos llegado hasta allí pensando que al menos podríamos descansar, pero seguíamos fuera, con nuestras mochilas, intentando resolver qué hacer. Mi hermana tenía que regresar a su país y, para coger ese vuelo, primero necesitábamos volver a España. Cada cosa que se complicaba nos dejaba menos margen para conseguirlo.
Y pensar que esa misma mañana habíamos estado en el Louvre, y yo, que había organizado la vuelta, estaba convencida de tenerlo todo controlado…
La vuelta que creía tener organizada
Estábamos en nuestros veintitantos y mi hermana, que vivía a más de 7.000 km de distancia, había venido a visitarme. Teníamos las pilas cargadas y la locura subida, así que el planazo era irnos de mochileras a Londres y París. Sinceramente, nos hacía muchísima ilusión compartir aquellos días, conocer sitios juntas y simplemente disfrutar.
Ya la película empezó regulinchi: me dejé la cartera en casa. Por fortuna, llevaba la documentación en la mochila, pero todas las tarjetas se habían quedado en esa mesita al lado de mi cama a la que ya no daba tiempo de volver… Aquello hizo que dependiésemos de la tarjeta suya, que empezó a fallar casi enseguida, y desde su país no conseguían solucionarlo. Imaginaos aquello en una época sin Bizum ni Apple Pay… un desastre.
Cuando llegamos a París, ya habíamos gastado casi todo el efectivo. Recuerdo comprar comida a punto de caducar porque no nos daba para mucho más. Era agotador depender de una tarjeta que unas veces pasaba y otras no; cada vez que había que pagar algo volvía la preocupación. Aun así, entre todo aquel lío también paseábamos, visitábamos sitios y nos hacíamos nuestras fotitos. Había ratos muy chulos, la verdad, y seguíamos teniendo ganas de seguir exprimiendo la experiencia.
El día de volver nos levantamos tempranito y nos fuimos al Louvre antes de coger el tren hacia el aeropuerto. Yo había calculado los tiempos y estaba súper tranquila. Nos había dado tiempo de ir al museo, ya estábamos de camino y creía que teníamos margen suficiente. A ver, después de tantos problemas con el dinero, aquella parte me parecía bastante sencilla.
Recuerdo ese momento como un fragmento de una peli, casi idílico, en un tren de París, con mi hermana al lado, viendo por la ventanilla, con los cascos puestos escuchando una canción de Sara Bareilles, y pensando… bueno, voy a revisar los billetes para comprobar la terminal y… ¡OMG! Fue entonces cuando vi que ponía Beauvais y nosotras íbamos hacia Orly. Había calculado cuándo salir del museo y qué tren coger, pero todo partía de algo que ni siquiera había comprobado: daba por hecho que volvíamos desde el mismo aeropuerto al que habíamos llegado. Pues sí, cagada máxima… con toda mi seguridad había organizado la vuelta al sitio equivocado.
Ahora lo recuerdo y puedo reírme de eso, pero en aquel momento, con tan poco dinero y sin saber si podríamos pagar los trayectos, la preocupación era cómo salir de aquello antes de que fuera demasiado tarde. El margen que yo creía tener se nos estaba yendo mientras intentábamos averiguar cómo llegar.
No recuerdo bien todas las conexiones que hicimos. Sí recuerdo los nervios (la tensión con mi hermana) y acabar pidiendo dinero para un autobús, intentando explicar lo que nos pasaba como podíamos, sin saber muy bien cómo hacernos entender. Yo ya iba diciendo que no llegábamos, pero seguíamos intentándolo. Después de todo aquel esfuerzo, todavía nos aferrábamos a la posibilidad de conseguirlo.
Espóiler: no lo cogimos. Llegamos justo cuando acababan de cerrar el embarque. Hasta ese momento toda la urgencia había sido llegar; ahora teníamos que pensar cómo volver a España, dónde pasar la noche y cómo pagar otro vuelo, porque la tarjeta tampoco funcionaba con importes altos.
Pensamos en quedarnos en el aeropuerto hasta la mañana siguiente, pero cerraban por la noche. Conseguimos reservar un hotel y nos fuimos andando. Hacía frío y el camino se me hizo eterno (no sé cuántos kilómetros fueron; a mí me parecieron muchísimos… cómo pesan las jodidas mochilas, ¿eh?). Después de tanto ir de un sitio a otro, solo queríamos llegar y poder estar un rato tranquilas.
Por eso recuerdo tanto aquella puerta. Habíamos conseguido una reserva, habíamos llegado hasta el hotel y, aun así, no podíamos entrar. Parecía que cada vez que resolvíamos algo aparecía otra cosa. Una “sucesión de catastróficas desdichas”, pero en ese momento no le encontrábamos ninguna gracia.
Desde aquel escalón de la puerta (y con el wifi robado que conseguimos) le contamos la situación a un familiar, que nos compró dos billetes para la mañana siguiente, esta vez desde Orly. Seguíamos teniendo por delante la noche y había que esperar a que empezaran a salir los trenes, pero por fin teníamos una forma de volver. Si conseguíamos llegar a Orly y coger ese avión, mi hermana aún estaría a tiempo para su vuelo a casa.
Y conseguimos llegar. Esta vez estábamos en el aeropuerto correcto, con los billetes comprados y con tiempo. Después de todo lo que había pasado, parecía que solo nos faltaba facturar para que aquello terminara. Entonces nos pidieron la tarjeta física de la persona que había comprado los billetes.
Claro, la tenía nuestro familiar, que estaba en otro sitio. Habíamos conseguido ayuda para pagarlos y ahora necesitábamos una tarjeta que tampoco llevábamos. Ahí ya se desmadró un poco todo… mi hermana rompió en llanto: ¡al día siguiente salía el vuelo a su país! Y, si no nos dejaban embarcar, también lo perdería.
Creo que ese fue el momento más angustioso. Estábamos allí, habíamos hecho todo aquel recorrido y teníamos los billetes, pero otra vez no sabíamos cómo resolver lo que nos pedían. Después de pasar tantas horas intentando volver, seguíamos sin tener la certeza de que nos dejarían hacerlo.
Las lágrimas funcionaron; creo que el hombre que nos atendió se compadeció de nosotras y, al final, nos dejó volar. Hoy puedo contar algunas partes con humor, pero todavía recuerdo las ganas que tenía de llegar a casa. En ese momento no estaba pensando en la anécdota que tendríamos después ni en todo lo que estaba aprendiendo.
Otra vez París
Con el tiempo volví a París para quitarme aquel mal sabor de boca, y lo conseguí. Disfruté muchísimo y me alegré de haberle dado otra oportunidad. Ya podía pensar en la ciudad sin que lo primero que me viniera a la cabeza fuera todo aquel desastre.
Pero hace un año volvimos para celebrar los 40 de mi hermana (la prota de esta historia), todas las hermanas y una amiga. Fue espectacular y súper emotivo. Después de tantos años, estábamos otra vez las dos en París, ahora acompañadas y con un cumpleaños que celebrar. ¡Alucinante! Amo estas vueltas de la vida.
También éramos otras, claro. Con los años vas entendiendo mejor qué te gusta, qué necesitas para estar a gusto y qué prefieres dejar resuelto antes de salir. Creo que parte de mi empeño en organizar bien los viajes viene de ahí: me gusta tener ciertas cosas controladas para después poder fluir, y muchas de las que hoy valoro las aprendí cuando me faltaron.
Aun así, cuando miro las fotos de aquel primer viaje, lo que veo es a mi hermana, de la que entonces vivía tan lejos, y a las dos compartiendo unos días que llevábamos tiempo esperando. Recuerdo las preocupaciones, pero también lo bien que lo pasamos a ratos y las ganas que teníamos de conocer sitios juntas. Todo eso también ocurrió, aunque al contar la historia las desgracias se lleven casi todo el protagonismo.
Así que, ¿fue el peor viaje de mi vida? Si hago la lista de todo lo que salió mal, tiene bastantes posibilidades. Pero estaba con ella, y eso cambia mucho la respuesta. Por más angustiosa que fuera la vuelta, guardo con cariño aquellos días y esa historia que ya será siempre nuestra.
Me alegro de que París también nos haya dado otros recuerdos, especialmente el de sus 40. Hay algo muy bonito en pensar en aquellas dos veinteañeras y vernos tantos años después, celebrando juntas en la misma ciudad. ¡Quién nos lo iba a decir aquella noche, sentadas en el escalón de aquel hotel!
¿Tú también tienes un viaje que fue un desastre y, aun así, recuerdas con cariño? A lo mejor por la persona con la que estabas, por algún momento bonito en medio del lío… Cuéntame, que me encantará leerte.
Aurelia
